El siguiente artículo fue escrito por Katia Pereira Feliciano, 2025 Junior Fellow, Sala Hispánica de Lectura, División Latinoamericana, Caribeña y Europea de la Biblioteca del Congreso. Excepto donde se indique lo contrario, todas las fotografías fueron tomadas por la autora.
En su libro Las tribulaciones de Jonas, Edgardo Rodríguez Juliá describe el velorio del primer gobernador electo de Puerto Rico, Luis Muñoz Marín. Juliá comparte una cita que escuchó de un locutor de radio que narraba lo que veía en la muchedumbre, “¡Señoras y señores!… es indescriptible lo que está sucediendo … ¡La gente tiene un ataque de historia!” (Rodríguez Juliá, 1981, p, 83). El locutor de radio se corrige, pues quizo decir un ataque de “histeria.” Patricia Gherovici en su libro The Puerto Rican Syndrome (El síndrome puertorriqueño, traducción propia) escribe que “quienes sufren de histeria, también sufren de historia” (Gherovici, 2003, p, 80, traducción propia). Leí esto unas semanas antes de viajar de Puerto Rico a Washington D.C., donde trabajaría durante el verano del 2025 como practicante Junior Fellow en la Sala Hispánica de Lectura de la Biblioteca del Congreso, procesando una colección de panfletos de tres países latinoamericanos
Hoy, la palabra “histeria” se reconoce como una problemática y anticuada, aún así, parece que mientras preparaba mi maleta para lo que sería el periodo más largo que he estado fuera de mi país, esa idea viajó conmigo. Lo que descubrí mientras trabajaba en el proyecto en la Biblioteca transformó esta idea en la pregunta: ¿Qué se hace con la historia sufrida?
En el tiempo que he estado aquí, he descubierto que la respuesta a esta pregunta es simple: lo que se puede hacer con la historia sufrida es archivarla, catalogarla, hacerla disponible al público, y un sinnúmero de otras prácticas útiles para compartir y preservar la memoria colectiva. Considero que crear espacios para la memoria colectiva, ya sean físicos o virtuales, es una necesidad social que va más allá del interés de algunos pocos académicos.
Para mi proyecto titulado “Inventario virtual de la colección de panfletos de la Sala Hispánica de Lectura” trabajé con los panfletos de Puerto Rico, Guyana y Nicaragua, tres países que escogí junto con mis mentores Joseph Torres González y Henry Widener. Muchos de los panfletos con los que trabajé fueron publicados en los 60s, 70s y 80s, períodos que en la región de América Latina y el Caribe fueron definidos por dictaduras, revoluciones, movimientos de independencia y otros tipos de levantamientos sociales. Al sumergirme completamente en esta colección caracterizada por tanto sufrimiento, pensé en la importancia de que el sufrimiento histórico impulse la creación de una cura a ello. Y es precisamente por esto que las voces, la poesía y los actos revolucionarios de mujeres latinoamericanas, han servido como jarabe en mi propio camino histórico. A continuación, les compartiré brevemente sobre algunas de las figuras que nutrieron mi conocimiento este verano.

En la colección de panfletos de Puerto Rico, encontré en una edición de la revista literaria Guajana de 1978, un volumen dedicado a la memoria de Marina Arzola, poeta de Guayanilla, quien dos años antes había fallecido. En la introducción se comparten anécdotas que vivió Arzola, una joven vivaracha, fantasiosa y aplicada durante el fin de la década de 1950 y al principio de los 60s, en mi alma mater, la Universidad de Puerto Rico, Recinto de Río Piedras. Describen como ella se vestía completamente de verde y bailaba por los pasillos, los mismos pasillos que hoy yo transito.
La introducción y la conclusión escritas por Luis Hernández Aquino enfatizan cuan difícil es la poesía de Arzola. Con curiosidad, me adentré a leer sus poemas y, les puedo afirmar, que la poesía de Arzola es ciertamente bien complicada. Arzola se inventaba palabras y frases y un mundo propio que era sumamente abstracto. La frustración inicial que sentí por no haber conocido del mundo de Arzola antes se tornaron rápidamente en gratitud pues la cuarta caja de la colección de panfletos de Puerto Rico estaba llena de material que me permitió conocer más profundamente la historia de mi compañera universitaria.

Cuando comencé a trabajar con las cajas de Nicaragua, el primer panfleto que ví era un discurso de 1982 de Tomás Borge titulado titulado La mujer y la revolución nicaragüense. Dirigiéndose ante un público que, conmovidos, gritaban, Borge recuerda a las guerrilleras del Frente Sandinista de Liberación Nacional (F.S.L.N) que perdieron sus vidas. Exclama: “derramó su sangre Luisa Amanda Espinoza y dejó escuchar su última canción la guerrillera Arlen Siú” (Borge, 1982, p, 18). Luego aprendí que Luisa Amanda Espinoza dio nombre a la Asociación de mujeres nicaragüenses Luisa Amanda Espinoza (AMNLAE), una selección de sus publicaciones está presente en la colección de Nicaragua. A través de fotografías y trabajos escritos compartidos por la asociación descubrí los esfuerzos de las mujeres nicaragüenses por la liberación de su país y de su sexo.
La poesía también se halla en el pulmón de las guerrilleras de la AMNLAE. En un panfleto de la asociación, La mujer en Nicaragua, vemos como la organización participaba en talleres de poesía en la comunidad indígena de Morimbó, un pueblo localizado en la ciudad de Masaya en el oeste de Nicaragua, así como también en talleres ofrecidos por la Fuerza Aérea Sandinista. El legado poético de las guerrilleras se inmortaliza con la obra de Arlen Siú, una poeta y canta-autora chino-nicaragüense que murió en combate a los 20 años.


Nuevamente aquí, aparece la poesía como recurso vital durante los levantamientos en Guyana. Collection of Poems (1971) (Colección de poemas) de Rajkumari Singh, A.A, es uno de estos ejemplos. Escritos entre 1945 y 1971, estos poemas de Singh tejen su mundo con palabras, el mundo de una mujer Indo-guyanesa que está en el centro de la lucha por la independencia del imperio británico. En el texto de Norman E. Cameron, Poetry and Philosophy in Drama (1973) (Poesía y filosofía en el drama), también se recopilan extractos de sus poemas y obras escritas durante esta época. Cameron, también lamenta, por medio de sus textos, la dificultad económica que tienen los autores y que los limita a poder publicar sus obras: “Mientras más lo pienso, más siento que uno debería guardar esperanzas por una obra comprensiva como se ha propuesto”. (Cameron, 1973, p, 40, traducción propia)

En la introducción de la edición de Guajana que ya compartí, se menciona que “la poesía de Mariana no se entiende, se percibe” (p. 2). En otras palabras, la poesía de Arzola era para ser vista. Mi pasantía en la Sala Hispánica de Lectura me ha dado la oportunidad de realmente acercarme a estas mujeres, y de tal forma, acercarme a mí misma. Cuando converso con mis amistades y con mi familia, suelen decirme que muchas cosas pueden pasar en un verano. Y ese fue mi caso. Ver 546 panfletos me demostró que en unos pocos meses pude profundizarme en una gran riqueza historica. Fue un gran honor trabajar para que la colección de panfletos sea más accesible, para que otros puedan conocerla y disfrutarla.
Descubrir estas historias contribuyó enormemente a la visión que tuve cuando empaqué mi maleta. Si el sufrimiento histórico tiene síntomas, escribir poesía y convertirse en guerrilleras, son unos de ellos. Sin embargo, me equivoqué. No existe tal cosa como un remedio o una cura para el sufrimiento histórico, pues esto implicaría la existencia de un final de la historia. Lo que hay es transformación del sufrimiento histórico, a través del conocimiento sobre el cual construimos un camino adelante.

Comments
Muy buen escrito Katia. Felicidades!